El sendero luminoso - Parte II
Autor: Alex Gómez
Mi amiga y yo, que previamente habíamos decidido que no comeríamos ni beberíamos hasta haber llegado a Las Ánimas para no tener dificultades de regreso, precedimos a pedir bebidas sin alcohol. El amable dueño, el bartender y el mesero Alonso, nos dieron una mesa y nos sirvieron limonada fresca.
Vimos a unos turistas mayores descender de una panga en la playa y caminar sobre el camino de piedra y ladrillo que lleva hacia Ocean Grill. Después agradecimos a nuestro anfitrión, intentamos pagarle (lo que el rehusó al estilo mexicano). Después caminamos hacia la playa y nos preparamos para escalar hacia el otro lado.
Debo decir que hasta el momento que llegamos al Ocean Grill estuvimos caminando sobre un sendero de tierra, que parecía ser unas escaleras ancestrales de piedra cubiertas con hojas de los árboles y arbustos. Era como si todo el camino estuviera a través de un capullo de la jungla. Y yo, por alguna razón inexplicable, recientemente adquirí una fobia a las escaleras, primero yendo hacia abajo y después hacia arriba. Previamente al mes de junio, estuve en Toronto visitando a viejos amigos y me di cuenta que tenía miedo a espacios cerrados y subir al metro en cualquier lugar.
Este sendero de Boca hacia Las Ánimas representaba tres de mis fobias adquiridas, que hizo de esta excursión una experiencia terroríficamente maravillosa. Mi amiga que previamente había hecho esto dos veces por semana (debido a que durante sus seis meses previos en Vallarta había perdido la mitad de su peso y sabía que esta era una manera sorprendente y única de hacer ejercicio) estuvo siempre a un metro adelante de mi todo el tiempo. Mientras, yo trataba de mantenerme firme y enfrentar todos mis miedos, callar a mi mente estridente y parándome de vez en cuando para recuperar el equilibrio, mientras gritaba débilmente, “espérame”.
Después de una hora, pasamos las ruinas de un hotel que había estado ahí 10 años antes y me di cuenta que había subestimado gravemente la distancia del camino, al cual nombraría "El sendero luminoso", una irónica referencia al término budista.
Más allá de las ruinas, llegamos a una hermosa playa al lado de unas villas que nunca había visto. Después me enteraría de que estas eran las Casitas Maraika, que pertenecían a una mujer que había conocido en el yoga, Alexandra Karam. Y finalmente, después de otros 20 minutos de camino, estábamos de nueva cuenta en la playa. Sabía que Las Ánimas ya no estaba tan lejos.
Finalmente llegamos a Las Ánimas y yo estaba eufórico. Me senté en la orilla del mar para quitarme mis zapatos que estaban llenos de arena. Después fuimos a El Coral, saludé a mi tío y a mi primo, y mi amiga me presentó a los meseros, quienes habían cambiado desde la primera visita, dos cuñados de Quimixto, de donde ellos caminan para llegar al trabajo en la mañana antes de que el restaurante abra, y lo mismo por las noches cuando cierra. Me hundí en mi silla de playa, totalmente relajado y sintiéndome como un campeón.
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