Marcelo Micó, el instructor de Pilates más popular de Puerto Vallarta
Le había comentado a Marcelo Micó que me gustaría hacerle una entrevista mientras estaba tomando clases con él en noviembre de 2010. En ese entonces estuvo de acuerdo, así que hace un par de días, cuando le pregunté si podía hacerle la entrevista, él estuvo contento en hacerla.
En noviembre pasado, acababa de tener un evento catastrófico relacionado con mi presión arterial alta que me llevó al hospital por dos semanas, con parálisis parcial. Mi hermano, quien ya había estado tomando Pilates con Marcelo, me inscribió en sus clases.
Al principio tuve que manejar hasta allá, puesto que su estudio está al otro lado de la carretera de Barra de Navidad de donde yo vivo. Es una carretera muy transitada que atraviesa una colina bastante empinada y el estudio de Marcelo está al otro lado del Edificio Scala en el Viejo Vallarta. Tan sólo después de unas cuantas clases, tuve la oportunidad de subir la colina y calcular mucho mejor las posibilidades de sobrevivir al cruzar la carretera a pie.
He estado practicando yoga durante casi 25 años, por lo que Pilates no era del todo nuevo para mí. Los dos campos comparten muchas similitudes, en términos de ejecución y la manera en que ambos buscan soluciones espirituales a través del trabajo corporal, aunque por supuesto, Pilates es mucho más joven y especializado.
Una cosa que me pareció única en Pilates es que debes tener el propósito de evitar cualquier tipo de esfuerzo físico cuando se practica. ¿Sin esfuerzo no hay ganancia? Iba en contra de los principios de todos los programas de salud física que jamás había practicado antes.
Tal vez estoy haciéndolo mal, pero incluso cuando practico yoga me gusta desafiarme a mí mismo y tiendo practicarlo tan intensamente como es posible, así que la idea de no forzar mi cuerpo me desconcertó un poco.
En realidad me quejo de que Pilates fue demasiado fácil.
Y sin embargo, ahí estaba yo, con sólo una semana de haber empezado con Marcelo, subiendo y bajando una enorme colina que a veces parecía inclinarse en un ángulo de 85 grados y cruzando una carretera muy peligrosa dos veces al día. Casi no me di cuenta de mi propia recuperación, que fue sutil y silenciosa. Pero ahora la siento y el evento catastrófico del pasado parecía un lejano mal sueño.
Deberíamos esperar mucho menos de este hombre increíblemente talentoso y dedicado, que ha estado dando clases de Pilates por más de 20 años a adultos, niños, mujeres embarazadas y personas con habilidades motoras dañadas, como yo.
Marcelo me dijo que su primera visita a México fue a Cancún, con invitación de un amigo. Mientras estuvo en Cancún, el fue a visitar Playa del Carmen y quedó impresionado con su espectacular belleza y el estilo de vida fácil y natural que hay en ese lugar. Él estaba tan sorprendido que a los transeúntes les preguntaba de dónde eran y ellos le respondían que eran de todas partes del mundo, principalmente de Europa. Entonces él pensó para sí mismo, si estas personas han encontrado una manera de vivir aquí tiempo completo, ¿por qué yo no?
Sería la primera vez que viviría fuera de Buenos Aires, Argentina y la primera vez que viviría lejos de su familia.
En el siguiente año, Marcelo se estableció en Playa del Carmen, donde ocasionalmente daba clases tanto de baile como de Pilates (él era un profesor de baile antes de convertirse en instructor de Pilates).
“Ni siquiera tenía un par de tenis”, sonreía. “Me gustaba viajar en mi bicicleta a todas partes y mi artículo preferido de ropa era un pareo”. Él recuerda tanto los pequeños como acogedores cafés y bistros, las maravillosas playas y selvas y las facilidades de la comunidad a vivir en Playa.
Pronto se dio cuenta de que impartir clases estructuradas en Playa, no era ni práctico ni viable debido a la condición temporal de su población; entonces, por recomendación de un amigo de Chile, él decidió hacer una visita a Puerto Vallarta, que tenía todo lo que carecía Playa pero mantenía su belleza natural y un relajado estilo de vida: un paraíso mexicano más.
Le pregunté cuánto tiempo le llevó conducir desde Playa hasta aquí, porque me dijo que compró un auto y empacó sus pocas pertenencias en él y esa fue la forma en que viajó por primera vez a aquí. “Cuatro días”, él contestó, riendo. “Me encanta México, por lo que regularmente paraba a lo largo del camino para ser los paisajes, conocer gente agradable y pasar la noche”.
Una de las primeras cosas que hizo en Puerto Vallarta fue buscar un estudio para alquilar y comenzar a dar clases de baile y Pilates. Muy pronto encontró el lugar perfecto, un sitio en la calle Morelos en el Centro, con un patio grande y abierto, muros altos y ventanas grandes cerca del techo. Luego viajó a Guadalajara para reunirse con el propietario, que estuvo de acuerdo en rentárselo a Marcelo de forma mensual.
Con cariño, él recuerda los primeros dos años de su carrera en Puerto Vallarta. Por la forma en que cuenta la historia, parece que las primeras clases fueron un tanto improvisadas, a las que asistieron amigos que había hecho desde su llegada y amigos de sus amigos. Él enseñaba salsa, rumba y Pilates, seis o siete veces al día. Su clase y la clase favorita de sus alumnos era la última del día, la clase de relajación. Las velas se encendían alrededor de todo el estudio, de manera que cuando la clase estaba a punto de terminar y como el sol ya se había puesto, la oscuridad comenzaba a caer y entonces, el barco pirata Marigalante, pasaba a dar rienda suelta a sus fuegos artificiales, iluminando el estudio, por lo que parecía que los fuegos artificiales se estaban llevando a cabo dentro del interior.
Eso fue en 1998. Le pregunté qué había cambiado en su carrera y en sus clases desde entonces hasta ahora.
Sin dejar la sonrisa en su rostro, respondió, “Varias cosas han cambiado. Primero, la renta en el estudio era cara y las clases de grupo no traían suficiente dinero para que yo fuera capaz de mantenerlo. Entonces comencé a enfocarme en clases individuales con el Reformer. Tuve que dejar el estudio de la calle Morelos y trasladarme a un estudio mucho más pequeño cerca de la playa”.
“Mis clientes son diferentes ahora, desde que las expectativas de vida están siempre incrementando, prometiéndonos vidas más largas y personas que se están dando cuenta que van a vivir más tiempo de lo que esperaban, están comenzando a darse cuenta de que deben empezar a cuidar de sí mismos y sus cuerpos con el fin de poder disfrutar vidas más largas. Ya han intentado formas regulares de ejercicio y quieren algo diferente, más personal, ya que sus necesidades y gustos cambian también”.
“A las personas más jóvenes que enseño son por lo general propietarios de negocios establecidos o independientes y quieren algo para ayudar a relajarse y mantenerse en forma con el fin de afrontar mejor el estrés que acompaña su estilo de vida”.
“Si bebes tu último cóctel del día a las 6:00pm, entonces Pilates no es para ti”. Riéndose, dice, “por lo general, no enseño después de las siete”.
Señaló también que americanos y canadienses pasan temporadas haciendo Pilates con él porque es mucho menos costoso hacerlo en Puerto Vallarta que en sus países de origen, donde el precio por una clase individual, a veces, puede superar los cien dólares. Estos mismos clientes se mantienen regresando a su clase año tras año.
Estoy seguro, sin embargo, que Pilates no es la única razón por la que sus clientes siempre regresan. Su especie y su sonrisa generosa y acogedora debe tener mucho qué ver.
Por: Alex Gómez


